Conocí a Hulda, tenía a su hijo Rob en mi guardería. La veía todos los días.
Estaba dedicada a la sanación. Me salvó la vida.
Le escribí y le conté mis problemas.
Me respondió diciéndome que tenía neuropatía periférica. Tenía razón.
Después me hicieron quitar el metal de la boca y estuve muy enferma/o durante 4 meses.
Recé para que Dios me dejara morir. No lo hizo. Me desintoxiqué durante años.
Ahora estoy mucho mejor, pero todavía tengo dolores de cabeza.
Quise a Hulda por muchas razones. Que en paz descanse. Le dedico esto a
Hulda, mi querida amiga.
Con cariño, Jan.